26 abril 2011 Curiosidades

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De regreso a mi ciudad natal conocí a una persona que me relató una historia sugestiva; la cual provocó que investigara hechos de similar característica, y aunque las narraciones son en su mayoría abstractas me ayudaron a comprender un poco más los hechos.

Arnaldo Cuevas (nombre ficticio utilizado para esta narración) es un hombre que vive de la venta de frutas que produce su finca, así que cuenta en su haber con una variedad de historias, pero sólo una de ellas estremece su cuerpo cada vez que la rememora.


Hace un par de años decidió probar fortuna cultivando plátanos, y como en todo proyecto nuevo le fue difícil brindar los cuidados necesarios a su nuevo producto, sin embargo logró superar todos los inconvenientes hasta la temporada de cosecha.

Durante este último periodo los dolores de cabeza se incrementaron, pues varios racimos estaban desapareciendo; él suponía que un grupo de ladrones aprovechaba la quietud de la noche para hacer de las suyas, así que contrató seguridad para resguardar la plantación.

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Después de una semana de vigilancia los guardianes empezaron a comentar que un fantasma recorría los matorrales; como podrán imaginar los rumores infundieron temor entre los trabajadores, y por ese motivo Arnaldo resolvió acompañar a los vigilantes durante algunas veladas.

Cuevas preparó una escopeta y otros aditamentos para afrontar la primera noche; él estaba seguro de capturar algunos rateros, incluso disponía de la determinación requerida para desacreditar la existencia de cualquier tipo de ente.

Arnaldo se unió al grupo de hombres que patrullaban la zona norte del campo; un comienzo alegre y tranquilo para él, pues siempre deseo recorrer esa parcela durante la noche.

Luego de unas horas de patrullaje el grupo se disponía a beber café cuando un grito de mujer sobresaltó su corazón. Debido a este suceso los hombres le preguntaron al propietario si ahora creía en sus relatos, sin embargo Cuevas les respondió que sólo se era un ardid para confundirlos; y ni bien terminó de replicar un desgarrador alarido masculino los alertó, pero esta vez el grupo encabezado por Cuevas se dirigió hacía el punto de origen de dicho sonido.

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Cuando los hombres llegaron sólo encontraron matorrales. Arnaldo empezó a maldecir su mala suerte hasta que vio a uno de sus subordinados apuntando a una mata de plátano, e instintivamente alumbró en esa dirección. A Cuevas se le aceleró el corazón y se le cerró la garganta, sin embargo la sensación de espanto no le impidió empezar a disparar.

En sólo unos segundos el grupo descargó varias balas pero la sombra no se inmutó; todo lo contrario, con una voz penetrante dijo:

No vine por ustedes, vine por quienes todavía creen que pueden hacer de las suyas sin pagarme. No molesten o gustoso cambiare sus lugares, tres por tres no es mal trato.

Estas palabras fueron como una sentencia y Arnaldo sólo atinó a gritar “huyan”. Mientras los hombres corrían despavoridos la sombra gritó:

Incautos, no tiene sentido correr, así que déjenme ver su corazón.

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Cuevas fue despertado unos minutos después por los empleados que acudieron al escuchar los disparos; ellos le mencionaron que encontraron a tres personas muertas a unos cuantos metros. Cuando Arnaldo se dirigía al lugar para ver a los difuntos encontró un pedazo de papel viejo; en este decía:

La nobleza de tu corazón te ha salvado, sin embargo la maldad habita en todo ser humano y es probable que algún día nos volvamos a encontrar.

Luego de relatarme la historia este hombre me pidió mantener su anonimato; él dice que la experiencia lo ayudo a reorganizar su vida, aunque no todo sea color de rosa.

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